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Yoga es yugo

 Yoga es yugo, unión. Trabajo. Digo trabajo porque es difícil yugar el yoga. Y además, la vida. Hacer yoga es arduo. Basta ir a la etimología: ioga viene del sánscrito que procede del verbo iush  que, pasando por las lenguas indoeuropeas, da lugar a yugo y a conyugal. Une a los opuestos: cielo y tierra, hombre y mujer, mente y cuerpo.

El yoga no es ni un sueño ni una esperanza de belleza. Requiere ser paciente y constante. Para practicar yoga hay que estar despierto. Abrir los sentidos y apagar la radio que tenemos en la cabeza. Es como prepararse para un viaje, sin objetivos. No competimos. Podemos equivocarnos, borrar, repetir y volver a empezar. Pero hay un compromiso. Respetar el espacio, aceptar el camino que decidimos. Estar un rato con nuestros sentidos, con la fuerza y la flexibilidad. Yugarla. Trabajamos para nosotros. Para sentirnos mejor.

La práctica del yoga tiene más de seis mil años. El hatha yoga es el yoga más difundido, conocido por sus  posiciones corporales o āsanas que dan serenidad física y mental. Se remonta a los primeros momentos de hinduismo. Se hacía yoga para curar el cuerpo y cada postura podría tomarse como un remedio. Entre las posibles técnicas de yoga, hacemos Iyengar, que insiste en la precisión y en el trabajo muscular. El cuerpo se cura si el alma se calma, si apagamos la tele, si compramos menos. Si aflojamos la rigidez que nos enferma cada día un poco más.

Dormimos mal, tenemos pesadillas y nos levantamos entumecidos. La cabeza, abrumada, explota. Los ojos, o el espejo de nuestra subjetividad, se apocan, se aflojan y pesan. Ya no brillan. Apretamos los labios, los dientes, la garganta: acidez, estreñimientos, diarreas. Ataque de hígado. ¿Ataque de pánico? Ni qué decir de las lumbares. O la conocida cintura. ¿Un mal de este siglo? Antiinflamatorios, infiltraciones, operaciones, fajas, corsés. ¿Para qué tanto? Si menos es mejor. Menos es más. Un menos que es duro, que no se lleva muy bien con la sociedad de consumo, ni con los ritmos demasiado urbanos, eficientes y productivos.

Agotados, no hacemos más el amor, hacemos el dolor. Los brazos se retraen, no abrazan. Las rodillas chillan. Ni qué decir de los esguinces que, por suerte, nos ayudan a caer. Caminamos pesados y los pies lo sienten. Los arcos no se tensan. Estamos vencidos.

Paremos. Pongámonos de pie. Hay una posición de yoga que se llama tadhasana, la montaña. Imaginemos una montaña. La punta es infinitamente menor que la base. Entonces, hagamos yoga para acceder a la montaña que nos habita. Los pies en la tierra, las piernas tónicas como los glúteos, el sacro amplio, la columna erguida, las vísceras acomodadas y flojas, el pecho abierto, anfitrión de los pulmones y del corazón. Los brazos sueltos. Las cervicales relajadas y la cabeza en la cima. Más livianos que nunca.

Yoga es yugo se publicó en la revista Belgrano R es suyo del mes de abril/mayo 2009

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